La dura vida de los mineros de Bédar

La investigación de la historia minera de Bédar ha consistido, en una gran parte, en el análisis de un interminable listado de datos referentes a toneladas de mineral extraído, registros de empresas mineras, informes de ingenieros sobre las caraterísticas de las minas, etc. Toda esta información, que es vital para comprender el cómo y porqué del desarrollo de este tipo de explotaciones durante tanto tiempo en este apartado rincón del Levante Almeriense, puede ser bastante tedioso y aburrido. No negaré haberme quedado dormido en más de una ocasión revisando los interminables registros de extracción de mineral, en las toneladas de papel que la burocracia exigía para el registro de nuevas concesiones mineras.

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Mineros de las minas de Serena, cortesía Emilio Ruiz.

Sin embargo, en excepcionales ocasiones, podemos llegar a encontrar datos de algo que estoy seguro que interesará mucho más. La vida del minero, en este caso bedarense, que vivió durante esos duros años de minería no nos ha llegado más que por medio de historias, casi ninguna de ellas positivas.

Cuando en 1884, el ingeniero de origen noruego Fredrik Dietrichson fue designado como director de los negocios de la Compañía de Águilas en Almería, acometió su trabajo con un absoluto rigor y determinación. Por suerte para nosotros, también le gustaba escribir, y los artículos que envió para que se publicaran en dos revistas noruegas constituyen, hoy en día, uno de los documentos más importantes de esta época. Dietrichson no solo trató de los asuntos propios a su profesión, también describió como era el país y sus gentes. Claro que para Dietrichson era más como hoy en día podría ser un antropólogo que se encontrara en la selva amazónica describiendo las costumbres de una nueva e interesante tribu perdida, pero no dejan de ser documentos importantísimos para acercarnos a la vida diaria de un minero en las minas de Bédar a finales del siglo XIX.

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Trabajadores de las minas de Bédar. La fotografía fue expuesta durante un tiempo en una exposición fotográfica en Bédar.

La traducción de estos artículos ha sido harto difícil, el noruego antiguo utilizado por Dietrichson y la gran cantidad de términos específicos de la profesión que utilizaba, hacen el trabajo especialmente difícil. Para ello hemos contado con la inestimable ayuda de Lise Hansen, que fue también quien redescubrió esta interesantísima serie de documentos sobre Bédar que dormían, desde hace más de un siglo, en bibliotecas noruegas.

Vemos lo que nos dice el mismo Dietrichson:

“Bédar, o, como se llama este paraje, que es Pinar de Bédar (los pinos de Bédar, de los que aquí hay una veintena), está situado a 260 metros del nivel del mediterráneo, al cual hay unas bonitas vistas. Bosques no hay, solo árboles dispersos o grupos de árboles -higueras, olivos, naranjos, y en los llanos de más abajo granados, y algunas palmeras grandes que se ve que los moros trajeron desde África, recuerdos vivos que tienen los habitantes. Está a tan solo 8 horas de barco de Orán.

La vegetación consiste en chumberas que se cultivan por su fruta, los “chumbos”, que es el alimento principal de la población pobre en julio y agosto. También hay aloés grandes y palmitos bajitos, que desempeñan el mismo papel que los helechos en casa (Noruega). Los llanos de más abajo son fértiles y se cultiva trigo, cebada y maíz durante el invierno. En verano está todo lleno de polvo, seco y quemado. Los ríos no llevan agua, excepto cuando llueve fuerte, pero entonces se llenan mucho para igual de rápido volver a dejar el cauce listo para ser usado como vía/carretera. Una ruta, grande y muy bien mantenida, va desde Lorca a Almería, a 3 km de Bédar. Por lo demás, los medios de comunicación son lamentables.

La vida, aquí en las montañas, es cómoda, el calor molesta poco. Todos los negocios son de minas y de casas de fundición.

Los habitantes, que están dispersos, son en su mayoría mineros, frugales en sus necesidades y sencillos en su apariencia, por lo general poco fiables en su conducta, pero dóciles como trabajadores.

Por estos lugares no han sido influenciados por ideas socialistas. Como son irascibles tan solo en pensamiento, no se molestan en usar la daga o el revólver, pero normalmente a sus superiores les tienen mucho respeto.

La mayoría de los puestos superiores en la compañía los tienen los ingenieros franceses, alemanes, ingleses y noruegos. El puesto más importante de la empresa lo tiene el noruego Getz, que hasta el verano pasado vivía aquí en Bédar (como director), pero fue nombrado director gerente. A este puesto han asociado recientemente la administración superior técnica de todas las obras y otros negocios de la empresa.”

Dietrichson describe a los mineros de Bédar como trabajadores dóciles y respetuosos con sus superiores, inteligentes y con gran capacidad de aprendizaje, pero con una tendencia natural a la vagancia.

Aunque la escolarización era obligatoria, muchos niños no asistían al colegio, pues era tal la necesidad de aportar dinero a la familia que pronto empezaban a trabajar. Así era que había pocos que supieran leer y escribir, lo que junto al hecho de vivir en zonas rurales creía Dietrichson era el motivo por el cual no se hubieran afianzado en la zona las ideas socialistas, a pesar de que ya entonces había algunos activistas entre ellos. Claro que, cuando Dietrichson escribió esto no sabía que no muchos años después, en 1890, estallaría la primera gran huelga en Bédar, y a partir de ahí la actividad obrera no haría más que incrementarse. La Bédar a la que Dietrichson llegó todavía era relativamente tranquila, a nivel de actividad reivindicativa obrera, aunque ya menciona actividad de la organización anarquista La Mano Negra.

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Mineros de la mina Pobreza allá por 1910. Todavían se ven muchos niños entre los adultos.

Dietrichson afirma que el trabajo infantil era muy habitual, alcanzando un 30% del total de trabajadores. Aunque para entonces ya estaba prohibido, las autoridades hacían la vista gorda. Se empezaba a trabajar normalmente a los 9 años, y hasta los 16 años se conocía como los muchachos. Eran destinados a tareas poco especializadas de transporte de mineral y suministro de efectos para los mineros, además de la carga y descarga de vagones. Dietrichson nos explica que estos muchachos realizaban el trabajo en condiciones lamentables, y eran con frecuencia maltratados por los trabajadores adultos a los que servían de ayudantes.

Dietrichson afirmaba que debido sobre todo a la insuficiente escolarización y la rápida incorporación al trabajo, estos operarios no llegaban a tener nunca un nivel de conocimiento adecuado de cómo se debían trabajar correctamente las minas, por lo que a pesar de ser rápidos para aprender era necesario dirigirles en casi todas sus tareas. A la masa de trabajadores de las minas, Dietrichson los compara con una maquinaria compleja que precisaba de operadores inteligentes para su correcto funcionamiento.

La mano de obra era barata aunque Dietrichson reconoce que a los administrativos tenían que pagarles bien. El sueldo normal de un trabajador con experiencia nunca pasaba de 2 pesetas por jornal, cuando en Almería los jornales oscilaban entre 2 y 2,5 pesetas. Los que no tenían experiencia no ganaban más de 1,75 pesetas. Los muchachos sólo cobraban al empezar 0,75 pesetas y como mucho llegaban a 1,25 pesetas. El trabajo a destajo suponía un 20% más. Los trabajadores especializados (carpinteros, herreros, albañiles…) eran los que más cobraban, entre 2,10 y 3,60 pesetas.

El trabajo a destajo se realizaba mediante las tareas, el vigilante indicaba por la mañana el trabajo que se debía realizar (un cierto número de vagones, una cantidad de mineral para cargar o de estéril para retirar, etc). Cuando ya lo habían realizado el grupo de trabajadores podía librar. Esta forma de trabajar permitía que el trabajador trabajara más deprisa para poder salir antes.

Se sorprendía Dietrichson de la cantidad de trabajo que podían realizar los mineros españoles con una alimentación tan deficiente. La dieta se basaba en verdura, fruta, pescado y sobre todo en pan, con muy poca carne. El vino se consumía más bien poco y normalmente de muy mala calidad. Disponían de algo más cantidad de aguardiente, que tomaban por la mañana con un trozo de pan o un trozo de pescado crudo seco. El jamón y los huevos eran un lujo, aunque eran más comunes en su dieta que la carne. El trabajo era de sol a sol con media hora de desayuno y una hora para comer.Sorprende también a Dietrichson lo mucho que llegaban a fumar los trabajadores españoles. Explica que cuando llevaban ya un tiempo trabajando se reunían en grupos para echarse un cigarro, práctica habitual comúnmente aceptada por capataces y jefes. Según Dietrichson, eran especialistas en encontrar excusas de todo tipo para justificar sus errores, aunque los describe como gente amable, animosa y muy dada a la broma. Refiere que las peleas no eran frecuentes, pero cuando ocurrían eran muy violentas.  Todos llevaban navajas grandes como cuchillos de mesa en una funda de cuero en el cinturón y no dudaban en usarlas si era necesario.

No se daban tampoco muchos casos de consumo de alcohol durante el trabajo o de trabajadores que acudieran ebrios, aunque sí eran muy aficionados a las borracheras en días libres o festivos. Según Dietrichson, por su carácter confiado y despreocupado, eran muy proclives a caer en las garras de los usureros.

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