Bédar: tradición oral, las historias de las minas

 

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En la fotografía, Juan Antonio Jódar Cánovas realizando tareas de capintería.

Hoy vamos a hablar de las muchas historias que nuestros abuelos o padres nos han contado sobre este periodo histórico que fue el de las minas y todo lo que con ello se relacionaba. Estas historias remiten a una época complicada, donde el hambre era habitual y las minas vinieron a paliar un poco estas penurias, aunque el precio que se cobró fue grande. Es por esto que en Bédar estas historias nunca han sido recogidas o recopiladas, no solo porque se consideren como simple tradición oral (indigna para cualquier historiador que se precie), sino que además se remite a una época en la que muchas familias perdieron a algunos de los suyos por culpa de la terrible enfermedad que afectó a los mineros, y me refiero a la tan temida silicosis.

Ya es tarde para recuperar historias sobre las viejas minas, ya no queda nadie que lo recuerde o ni siquiera que recuerde lo que los mayores recordaban. Pero no es tarde para nuestra historia más reciente: las minas de Hierros de Garrucha. Contaré hoy aquí alguna de esas historias que vienen, tal es mi caso, de mi abuelo Juan Antonio Jódar Cánovas. Mi abuelo nació en 1909, por lo que con 9 años se acordaba todavía de la época de las grandes locomotoras en Bédar. Él me contaba como recordaba la locomotora que trajinaba vagones de mineral entre la Palmera y la tolva de Tres Amigos. Pero lo mejor era la gran locomotora que llegaba a Tres Amigos, “algo digno de ver” como decía él, incluso se acordaba del nombre de uno de los maquinistas , Pedro, que recibió inevitablemente el apodo de “el Maquinista”. Son varias las historias que me contó de ese periodo, muchas de las cuales luego he podido comprobar que tenían una gran parte de verdad gracias a las diferentes pruebas históricas que he ido encontrando. Una de las historias que más me impresionaron fue una que contaba sobre la tolva que se encontraba donde hoy está el campo de fútbol. Allí había una tolva en forma de embudo y una “trancada” por la que los mineros accedían al túnel de la cueva Oscura. En esas minas trabajaban niños, algo que en los años veinte puede parecer una invención, pero que luego hemos podido comprobar que era cierto, pues la práctica de emplear a “muchachos” era habitual, y eran usados como personal de carga de mineral. Contaba mi abuelo que era algo terrible y que muchos callaron después, pero los capataces “azotaban” a los muchachos para que fueran rápido (realmente, a correazos, como se cuenta en la prensa de la época), y llevaban el mineral en una cesta de esparto con capacidad para una arroba de mineral (unos 16 kg) que llevaban a la espalda, con una placa metálica sobre la espalda para evitar que el mineral húmedo les empapase las ropas. Incluso llegó a cantarme una cancioncilla (o una comparsa, no sé muy bien), que decía así… Si quieres ver a tu hijo morir. Llévalo a la mina. Y entrégalo al capataz…  Difícil de olvidar.

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Ver las “grandes locomotrora” en Tres Amigos fue, sin duda, algo muy digno de ver.

Otra de las historias que me contó es cómo le contrataron en Hierros de Garrucha. Cuenta que estaba echando unas jornadas en la construcción de una carretera para las minas en Tres Amigos cuando comentó que no le parecía bien el trayecto que iba a tener la carretera, que se podría hacer de manera que no diera tantas vueltas ahorrando esfuerzo y tiempo. Ante este osado comentario el encargado de las minas le dijo: “Juan Antonio, como dices que está mal trazada si lo ha hecho un ingeniero de Almería”, pero mi abuelo continuaba afirmando que se tenía que hacer de otra forma, de manera que el encargado acabó diciendo: “Que venga Martín y don Ovidio y que se traigan el punto de mira”. Don Ovidio Fernández era un ingeniero de las antiguas minas que vivía en Las Pastoras, cuando llegó y comprobó el trayecto le dio la razón a mi abuelo y tuvieron que deshacer el tramo de carretera construido, incluido un puente que habían empezado a construir y rehacerlo todo tal y como había dicho, en resumen, una “S” y una contra”S”. Cuando don Ricardo, el ingeniero-jefe, se enteró de lo ocurrido dijo “Este muchacho se queda con nosotros”; es así como acabó trabajando en las carreteras. Esta historia se puede creer o no, pero si pasan por el camino que desde Tres Amigos sube hasta el barranco del Servalico (el inicio de la ruta minera) no dejen de fijarse en que para subir hace, efectivamente, una “S” y una “contraS” y, si se fijan un poco más, verán un viejo carril que parte recto y los restos de un puente inacabado…  Dice mi abuelo que como recompensa recibió un sobre con dos mil pesetas, una verdadera fortuna para la época. Desde entonces trabajó como peón caminero, y no fue la única paga “extraordinaria” que recibió.

Hay otra historia que también contaba y que se ha quedado grabada en la memoria. No recuerdo dónde fue, pero contaba mi abuelo que una vez lo pusieron al cargo de una cuadrilla de trabajadores para hacer un carril. El trabajo era bastante complicado, porque la cuadrilla estaba formada toda por trabajadores apartados del servicio en la mina, pues eran inaptos ya que estaban “silicosos”. Sé que lo que digo es bastante fuerte, y no digo que sea verdad o no, solo digo que así lo contaba mi abuelo. A él le preocupaba sobre todo porque tenían dificultades para trabajar, a pesar de lo cual consiguió organizarlos de tal manera que puderon acabar el trabajo sin cansarse demasiado. Lo que es cierto es que los mineros realizaban revisiones médicas, cada cierto tiempo iban a realizarse radiografías a Almería, pero de poco sirvieron. Estas medidas, que empezaron a aplicarse en 1961 al incluirse las minas metálicas en general en el conocido como “seguro de silicosis”. Las pocas medidas que se tomaron, como la utilización de barrenas perforadas con inyección de agua para evitar la formación de polvo, las mascarillas o la prohibición de comer en la mina, fueron completamente ineficaces. No era raro, contaba mi abuelo, que los martilleros realizaran su trabajo a torso descubierto y  sin ninguna protección, dado el calor que hacía en las galerías.

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Antonio Imbernón y José Soler Castro en una entrañable fotografía realizada en uno de los túneles de la vía Vulcano.

Otra de las historias que me impresionaron tienen que ver con Juan Girona, alias “El narizuo”. Juan era el encargado del cable aéreo y desde luego no tenía miedo a las alturas. Cuenta mi abuelo como sentía vértigo cuando lo veía desplazarse por el cable, a considerable altura sobre el barranco Baeza, por medio de un cacharro parecido a una bicicleta con la que se trasladaba por el cable, hasta llegar a las zonas deterioradas para repararlas. Normalmente eran cables deshilachados, que provocaba que las vagonetas descarrilaran y cayeran al barranco Baeza, Juan se acercaba con ese artefacto y con unos alicates cortaba todos estos cables. Algo digno de ver.

jgironaEn la fotografía, Juan “el narizuo” en Alicante, tras trabajar en las minas. Ahí lo tienen, paseándose como si nada, sin protección alguna, por las vigas de una construcción.

Puestos a contar cosas dignas de ver, recuerdo también otra historia que me contó Antonio Imbernón, alias “el Menuo”. Antonio fue caballista en Hierros de Garrucha, llevaba las mulas cargadas de mineral desde la mina Esperanza hasta el cargadero de San Manuel, siguiendo parte de la vía Vulcano y luego atajando por los cerros. Inicialmente la mina Esperanza daba poco mineral, así que se podía llevar con mulos. Sin embargo, cuando la producción de mineral aumentó, tuvieron que utilizar una pequeña locomotora diésel. A Antonio no le gustaba nada el estrecho puente sobre el barranco de la Hoya, siempre le “daba cosa” pasar por él, nunca tuvo protecciones o pasamanos como ahora. La cosa fue peor cuando empezó a pasar la pequeña locomotora por allí, y luego además por la no menos vertiginosa vía Vulcano. Cuenta Antonio que hubo accidentes, y muy espectaculares, “Dignos de ver” como diría mi abuelo. En ocasiones, las vagonetas cargadas de mineral caían hacia el barranco de los lobos, y siempre  el maquinista conseguía volverlas a subir a la vía maniobrando la pequeña locomotora diésel. “Es increíble que no se matara nadie” recuerdo que decía.

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Fotografía de fábrica de un pequeño tractor M 4115 BE como los adquiridos por HIerros de Garrucha. (Colección de Philippe Royer; LLD, Batignolles-Châtillon y Batiruhr en España, Luis Caillot y José antonio Gómez Martínez – Revistia de historia ferroviaira, año 4 número 8, diciembre de 2007). En una de estas máquinas fue en la que sufrió el accidente Juan Gómez, alias “el Vasquiña”, que podemos ver en esta fotografía:
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Pero sí que se mató alguien. Las muertes es, sin duda, lo más triste. El primer muerto en las minas fue un minero de Serena de nombre Santiago Andreu. Murió en las Cañaícas creo que al caerle una piedra en la cabeza. El siguiente fue muy sonado, en el “maldito” pozo H del hoyo Júpiter ocurrió un hundimiento que sepultó a Juan Rubio y a Juan alias “El Meco”. A “el Meco” pudieron sacarlo con vida, aunque con las piernas fracturadas, pero Juan Rubio falleció en el accidente. Otro accidente fue el que sufrió un minero llamado Agustín Duarte en el pozo de Tres Amigos. Cuentan que Agustín lelvaba una vagoneta vacía hacia la plataforma del ascensor del pozo, pero no se percató de que la plataforma no estaba arriba, de manera que la vagoneta cayó y detrás fue él, pero pudo agarrarse a unos cables, salvando la vida. También fue muy sonada la muerte de “el Vasquiña”, un maquinista de Los Gallardos. Cuentan que a veces las vagonetas se quedaban atascadas en el plano inclinado de San Manuel. Para desatascarla, el maquinista intentaba una peligrosa operación, consistente en subir con lo locomotora diésel hasta la vagoneta atascada para desengancharla. Cuentan que la operación, aunque peligrosa, siempre resultaba exitosa, hasta que en una ocasión los frenos de la locomotora fallaron y la locomotora se precipitó por el plano, volcando y aplastando al malogrado “Vasquiña”. Dicen que murió en brazos de Juan “el Narizuo”, al menos eso cuentan…

En fin, son bastantes historias ya para un solo post, pero no negarán que son muy interesantes. Mucho más que las sosas informaciones y aburridos datos que dan los historiadores oficiales. Si conocen historias como éstas, no duden en contárnoslas. Al menos para que no se olvide a estas personas que se jugaban la vida, un día sí y otra también, por unas cuantas pesetas de jornal al día.

pueblo26

 

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