Salvador Rancel Ballesteros

En su momento ya comenté la injusticia cometida con el olvido intencionado del que fue objeto el médico titular de Bédar durante varias décadas, el Dr. Bernardo Renovales. Hoy quiero hablar un poco, pues poco es lo que sé, sobre otro prohombre de Bédar injustamente olvidado por motivos que no llego a comprender muy bien.

En el anterior post publiqué un curioso fragmento de artículo de 1900 en el que se relataban las dificultades para poder llegar a Bédar por caminos impracticables que bordeaban precipicios. Se decía que Bédar estaba siendo “vampirizada” por su pedanía de Los Gallardos, cómodamente asentada en el valle y bien comunicada. He pensado varias veces en lo que hubiera pasado si en Bédar no hubiera habido minas, seguramente hubiera acabado como una pequeña pedanía de Los Gallardos, medio en ruinas, si no en uno de esos pueblos fantasma olvidados y abandonados como Los Olivicos. Si Bédar sigue siendo Bédar es en parte por que había un interés en llegar hasta el pueblo, los “carreros” no estarían interesados en subir a un pueblo con tan grandes penalidades y pérdida de bestias de carga si no compensara el esfuerzo. Sin duda la gente se hubiera acabado marchando sino fuera por el impulso que imprimían las minas a la economía local.

No quiero entrar en el tan manido tema del “sufrimiento de los mineros” y la “fábrica de viudas” que algunos políticos municipales de Bédar han utilizado tan desastrosamente como excusa para justificar el olvido “programado” e “intencionado” que han llevado a cabo desde el cierre de las minas en 1974. En otras muchas ocasiones he dado mi opinión al respecto y es evidente que hoy en día desconfío totalmente de las últimas iniciativas municipales que se están llevando a cabo para realizar rutas mineras y “centros de interpretación”, más fruto de la crisis de la construcción que no de un verdadero interés. La Historia ya les juzgará, como quien dice, aunque yo preferiría que antes que eso se les pidiera responsabilidades por todo el daño que han hecho.

Un pueblo como Bédar debería, por lo menos, tener una plaza dedicada a George Clifton Pecket, o al Dr. Bernardo Renovales o, sin duda, a Salvador Rancel Ballesteros. Desde luego no entiendo como puede ponerse a una plaza del pueblo el nombre “de los Hermanos”, en concreto la de delante del cementerio. Muy mal síntoma es ponerle el nombre de unos constructores a una plaza, para no hace más que reflejar la mentalidad de ladrillo y la insoportable amnesia histórica de los últimos alcaldes que hemos tenido. A las siguientes plazas y calles podríamos ponerles otros nombres por el estilo: la plaza de la Recalificación Urbanística, el callejón del ladrillazo, la calle del Chalet con piscina…

Pero fuera bromas, si no fuera por los esfuerzos del vicecónsul inglés en Garrucha George Clifton Pecket, Bédar nunca hubiera tenido ferrocarril, jamás habría estallado la fiebre minera del año 1895-96 y estoy seguro que ahora mismo no habría pueblo del que hablar. Él sabía la enorme riqueza que guardaba esta sierra y hizo todo lo posible por convencer y atraer a grandes compañías que invirtieran en la construcción del ferrocarril que era imprescindible para su explotación.

George Clifton Pecket al fin y al cabo no era más que un hombre de negocios, y aunque era el interés lo que le movió a hacer todo aquello, no merma en absoluto el mérito por lo que consiguió para el pueblo. Pero además tenemos a otros promotores del negocio minero en Bédar como es el caso de Salvador Rancel Ballesteros, mucho menos conocido que el viceconsul inglés pero que sentía un gran cariño y sincero interés por el pueblo de Bédar y su gente, tal y como se desprende de los artículos que escribió para la prensa de la época.

Salvador Rancel Ballesteros era Ingeniero de minas, pasó el examen de admisión en la escuela de capataces de Vera en 1890 y estuvo muy implicado en todo el “boom minero” de finales del siglo XIX. Interesantes son los artículos que escribió para la prensa, entre ellos unas interesantes crónicas de la huelga de 1890 y una de las primeras descripciones completas del cable aéreo de la Compañía de Águilas que, si bien no de la extensión y calidad que el realizado por Juan Pié y Allué para “La Crónica Meridional”, aporta numerosos datos inéditos tanto de las minas como del cable aéreo en esa época. Como muchos otros bedarenses que podían permitírselo en esa época de actividad febril minera, adquirió concesiones mineras en Bédar para intentar hacer negocio arrendándolas a las grandes compañías mineras explotadoras. Así fue presidente de la “Sociedad minera El Cometa y Nunca es tarde“, cuyas minas, cercanas a Serena, fueron arrendadas primero al ya mencionado George Clifton Pecket y por último vendidas a una de las sociedades vizcaínas que se interesaron por Bédar, en concreto la “Sociedad Vizcaína de Bédar”.

minero de bedar

Pero quizás lo que debería ser recordado con más interés, es que fue el fundador de dos míticas publicaciones en Bédar: el semanario “El Minero de Bédar” y el diario “El Faro de Bédar”, del que tomé el nombre para este blog. A parte de estos medios, que por lo poco que sabemos fueron bastante críticos con la sociedad minera de Chávarri, propietaria del ferrocarril (críticas justificadas, como algún día contaré), ofrecían asesoramiento para todos los emprendedores interesados en invertir en minería en la zona mediante una oficina que proporcionaba todo tipo de información y servicios relacionados con la minería. También eran reconocidos los excelentes planos mineros que el mismo Salvador Rancel elaboraba y que regalaba en algunos números de sus ediciones.

Ya no es solo una pena la misteriosa escasez de números de estas publicaciones que se han conservado (alguna del semanario y absolutamente ninguna conocida del diario), pero más ignominioso es que ni siquiera se recuerde al hombre reponsable de las dos únicas publicaciones periódicas llevadas a cabo en Bédar, algo verdaderamente notable para un pequeño pueblo como es éste.

Si alguien tiene información sobre este ilustre bedarense o incluso si alguien encuentra en algún desván o forrando algún viejo libro un número perdido del “Minero” o del “Faro” de Bédar le estaría eternamente agradecido si me hiciera llegar una copia.

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