Un mundo detenido en el encuadre

Recensión de «La expedición minera de la Sociedad Schneider (1898). Un viaje fotográfico por el sureste español»

JORGE GARCÍA

Recuerdos de Cástaras

Hay libros que no se leen: se recorren. No se abren, se atraviesan. Su materia no es únicamente el texto ni siquiera la imagen, sino una suerte de espesor temporal que se deposita página a página, como polvo fino sobre los muebles de una casa abandonada. «La expedición minera de la Sociedad Schneider (1898). Un viaje fotográfico por el sureste español» pertenece a esa estirpe rara: la de los libros que restituyen un mundo.

Editado por la Diputación Provincial de Granada en 2025, el volumen rescata y ordena una selección significativa —122 imágenes— de un álbum fotográfico compuesto originalmente por casi trescientas fotografías tomadas entre mayo y octubre de 1898 por ingenieros de la sociedad francesa Schneider et Cie. durante una campaña de prospección minera en el sureste de la península ibérica y norte de Portugal. El resultado trasciende con holgura el ámbito de la arqueología industrial o de la historia económica: estamos ante un documento visual de primer orden para comprender la vida material, los paisajes y los ritmos humanos de una España rural situada en el umbral de la modernidad.

El hallazgo como forma de destino

Todo libro verdadero tiene una historia previa, casi siempre marcada por el azar. Pero hay azares que parecen obedecer a una lógica más profunda. En este caso, el punto de partida es la tenacidad de Juan Antonio Soler Jódar, médico almeriense afincado en Francia, que durante años rastreó archivos y colecciones privadas en busca de documentación relacionada con la minería de Bédar, donde trabajó su abuelo. Buscaba huellas y, sin embargo, encontró un tesoro.

En junio de 2018, en manos de un anticuario de Lyon, apareció un álbum de gran formato que reunía 294 fotografías originales y varias postales. El conjunto, en apariencia técnico y funcional, reveló pronto un alcance inesperado: no era solo el registro de una misión empresarial, sino el relato visual de un viaje largo, atento, casi demorado, por territorios que los ingenieros franceses percibieron como remotos, arduos y, en cierto modo, exóticos. La minería era el motivo; la mirada, en cambio, iba mucho más lejos.

Una expedición técnica, una mirada humana

A finales del siglo XIX, Schneider et Cie. —el gigante industrial de Le Creusot— se enfrentaba a la insuficiencia de sus recursos de hierro locales. La solución fue mirar al sur. La campaña de 1898, dirigida por el ingeniero Horace Busquet y en la que participaron también Stéphen Czyszkowski y Víctor Piery, recorrió un itinerario extenso y complejo: Cartagena, La Unión, Almería, Bédar, Granada, la Alpujarra, la costa granadina, Córdoba, Sevilla, Madrid y, finalmente, Moncorvo, en Portugal.

Las fotografías documentan minas —La Mulata, Higuera, Santa Catalina, El Conjuro—, fundiciones, puertos y proyectos de infraestructuras como el frustrado ferrocarril y embarcadero de Calahonda. Pero lo verdaderamente revelador es aquello que excede la finalidad profesional: caminos, posadas, vados, diligencias, mercados, niños, mujeres cargando leña, jornaleros, aguadoras. Es la mirada de quien viene del corazón del vapor y el acero y se topa de frente con un mundo de tracción animal y gestos ancestrales. La cámara se detiene, observa, espera. No hay prisa.

La fotografía como afición y como asombro

El ensayo de Manuel Titos Martínez sitúa con precisión el álbum Schneider en la historia de la fotografía granadina de finales del siglo XIX. Junto al álbum montañero de la Casa de los Tiros (1891-1893) y al de la expedición antropológica de Federico Olóriz (1894), el conjunto de 1898 completa una triada fundacional para el conocimiento visual de Sierra Nevada y la Alpujarra.

A diferencia de sus precedentes, el álbum de la expedición Schneider destaca por su volumen y diversidad temática. No es solo paisaje ni solo antropología: es minería, viaje, vida cotidiana, arquitectura vernácula, monumentalidad histórica. Técnicamente, las imágenes reflejan la revolución de las placas secas al gelatino-bromuro y la progresiva portabilidad de los equipos, que permitió a estos ingenieros actuar como fotógrafos aficionados con notable libertad. Gracias a ello, el álbum recoge escenas imposibles en décadas anteriores: gestos, miradas, instantes no preparados.

Un mundo sin motores

Hay un rasgo que atraviesa todo el libro con una fuerza silenciosa: la absoluta ausencia de máquinas de combustión. El mundo que muestran estas fotografías se mueve a pie, a lomos de mula, con la sola fuerza del aliento humano. Y, en el mar, por el viento que hincha las velas… El tiempo es otro. Las distancias pesan. Los cuerpos trabajan.

En las series dedicadas a Cástaras —donde los ingenieros residieron durante un tiempo— la vida se despliega sin dramatismo, pero con una intensidad que hoy resulta conmovedora. Calles estrechas, fachadas encaladas, niños que juegan, mujeres que cargan agua o leña, miradas que se cruzan con la cámara con una mezcla de curiosidad y reserva. Una de las imágenes lleva un título revelador: Flirt à Cástaras. Nada más, nada menos.

En Motril, el álbum ofrece uno de los testimonios gráficos más completos sobre la zafra de la caña de azúcar a finales del siglo XIX: el corte, el transporte, la llegada a las fábricas, los chambaos de verano junto al mar. Aparece incluso la fábrica de Nuestra Señora de la Cabeza, destruida por un incendio en 1901. La fotografía, aquí, es memoria anticipada.

Leer las microhistorias

El texto de Ángel Bañuelos Arroyo acompaña el catálogo con una lectura minuciosa del itinerario, los contenidos y los contextos. Pero su aportación desborda el marco del análisis: a una investigación sostenida sobre la expedición y la minería del sureste peninsular se suma un trabajo paciente y decisivo de mediación y persistencia, sin el cual este álbum difícilmente habría abandonado el ámbito privado para convertirse en patrimonio compartido.

Más allá del análisis histórico, el libro propone algo más sutil: invita a leer las imágenes como relatos mínimos, como fragmentos de vidas que no dejaron rastro escrito. Cada instante detiene el paso. Una suspensión. Un momento que, sin saberlo, quedó a salvo del olvido. El colofón del libro lo expresa con una claridad casi poética: cada imagen es una luz rescatada de un mundo que no volverá. Y, sin embargo, vuelve —por un momento— en la mirada del lector.

Un libro necesario

No estamos ante un catálogo complaciente ni ante un ejercicio nostálgico. La expedición minera de la Sociedad Schneider (1898) es un libro necesario porque amplía nuestro campo visual sobre el pasado. Nos recuerda que la historia no se compone solo de grandes acontecimientos, sino también de gestos menores, de trayectos lentos, de trabajos repetidos.

La conjunción de la mirada coleccionista de Juan Antonio Soler, el rigor historiográfico de Manuel Titos y la lectura territorial de Ángel Bañuelos da como resultado una obra sólida, bien editada y conceptualmente coherente. Un libro que se deja leer despacio, como se recorre un camino antiguo, sabiendo que cada recodo guarda algo.

Quizá ahí resida su mayor virtud: en enseñarnos a mirar sin prisa.

Datos técnicos de la obra

Título: La expedición minera de la Sociedad Schneider (1898). Un viaje fotográfico por el sureste español

Edición: Diputación Provincial de Granada, 2025

Textos: Juan Antonio Soler Jódar · Manuel Titos Martínez · Ángel Bañuelos Arroyo

Contenido: Selección de 122 imágenes de un álbum original con 273 fotografías y 17 postales (1898)

Páginas: 180

Ámbito geográfico: Sureste español (Murcia, Almería, Granada, Alpujarra, costa granadina), Córdoba, Sevilla, Madrid y Portugal

Materia: Fotografía histórica · Historia de la minería · Antropología visual · Paisaje cultural

Idioma: Español (con anotaciones originales en francés)

ISBN: 978-84-7807-762-5

Depósito legal: GR 1060-2025.

Disponible en:

Centro de Arte Contemporáneo José Guerrero,

C/ Oficios, 8 · 18001 Granada

Tel. 958 22 01 09

Precio: 18 €

Imágenes de las páginas del libro:

1.- Un mundo que avanza despacio: Le relais avant Padul (val de Lecrin).

2.- La vida cotidiana, sin pose: Porteuse d’eau. Castaras.

3.- Cruzar era también viajar: Le gué près de Salobreña.

4.- Trabajo, paisaje, tiempo: Transport de la canne à sucre (Motril).

5.- El viaje también mira la historia: Porte de la Justice (Alhambra).

Un paseo por Roceipón y Cadima

Es suficiente con pasearse un poco para darse cuenta de dos cosas, de la riqueza arqueológica de nuestra comarca y de lo poco que nos importa.

Leía, con cierto interés, las últimas noticias contra el expolio en la provincia, en concreto la operación «Soho» en Roquetas por parte de la policía autonómica, que aportará una gran cantidad de monedas descontextualizadas al museo de Almería; y otra intervención de la guardia civil contra alguien que pretendía vender una veintena de monedas romanas, casi todas bajoimperiales, por ebay, aunque todavía no saben de donde pueden provenir, lo que no augura nada bueno para la investigación.

 

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Lamentable aspecto del yacimiento de Roceipón. Las bandas que la policía local había dispuesto para delimitar los restos, hace tiempo que han desaparecido.

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Fragmentos de estuco pintados romanos (trazos verdes, azules, morados y rojos) y un fragmento de decoración (Roceipón)

 

En fin, nos anuncian con bombo y platillos pequeños golpes contra expoliadores, lo cual está muy bien. Pero parece que se intenta culpabilizar a estas actividades como las principales culpables de los problemas de expolio, olvidando a los verdaderos y grandes expoliadores, los que arrasan con yacimientos enteros en días, la mayor parte de las veces con las autoridades haciendo la vista gorda. La construcción y las labores agrícolas extensivas son, realmente, el principal peligro que afecta a nuestro patrimonio.

Ya ni siquiera comento la indignante actitud de ciertos políticos, no olvidamos como el diputado José Luís Sánchez Teruel, secretario general del PSOE en Almería, votó en contra de una excavación de urgencia en El Argar… aunque lo peor fueron las ridículas justificaciones para hacerlo, cuando lo único que había son las conocidas y manidas maniobras que utilizan los políticos para perpetuarse en sus poltronas y que, a la postre, los convierten en unos perfectos inútiles para la sociedad.

Así que aprovechando las vacaciones, me acerqué al yacimiento romano de Roceipón a ver como estaba la cosa después de que fuera arrasado en gran parte para plantar lechugas, con un impacto casi nulo en la prensa provincial y sin responsables, por lo visto. Paseando entre trozos de cerámica romana y restos de estuco pintado mezclados con basura, me pregunto qué pensará de esto el que trincaron intentando vender veinte monedas en internet… ¿que no me creen? vean algunas fotos de lo que se puede ver por ahí.

 

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El yacimiento de Cadima se erosiona lenta pero inexorablemente.

 

Nos pasamos luego por una villa romana de la misma época en Los Gallardos, Cadima. Por supuesto, no hay ningún tipo de indicación de donde se encuentra, y tampoco tendría mucho sentido porque no hay nada que ver, excepto los restos que la erosión del río Aguas va dejando expuestas en su lento avance.

Este yacimiento, en el que se han encontrado numerosas monedas durante las labores agrícolas (cuentan que un labrador llamado Jacinto llegó a juntar varios kilos de monedas de bronce a lo largo de arar las tierras), parece haber sido muy afectado también por las labores agrícolas, con la colina donde se encontraba la necrópolis, completamente arrasada. Muchas monedas y otros artefactos procedentes de esta antigua villa romana se han encontrado con el tiempo, principalmente en labores agrícolas y en otros movimientos de tierra, y por nuestra iniciativa, hemos podido documentar muchas de ellas.

Las últimas piezas que hemos podido documentar (aunque no hemos podido llegar a pesar, desgraciadamente) nos han llamado mucho la atención, pues podrían datarse en el siglo I d.C.

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Ya habíamos comentado algo al respecto de una moneda recortada que, aunque muy desgastada, dejaba entrever la proa de un navío y un busto, y que podría corresponderse con algún ejemplar procedente de Sagunto o, puede, de la ciudad de Carteia.

Mucho más nos llamó la atención una de estas dos piezas, de factura muy similar, una de las cuales dejó claro que nos encontrábamos ante un cuadrante de Obulco o de Cástulo (más probable) pues representaba claramente un toro con un creciente. No queremos dejar de recordar el hallazgo de un tesorillo de monedas de Cástulo en la vecina Baria.

 

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Otra de ellas también fue identificada como del siglo I d. C, procedente esta vez de Sagunto. Aunque muy desgastada, se aprecia claramente la representación de una concha marina, típica de esta ceca.

 

 

Como último, una pequeña placa de bronce nos llamó mucho la atención, pues nos hizo recordar ciertos ídolos oculados.

 

 

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Y hasta aquí el pequeño paseo de hoy. Seguiremos informando.