Carmen de Bédar: una memoria industrial que las llamas no consiguieron borrar

Las visitas que estamos realizando a distintos enclaves mineros de Bédar después del incendio de julio de 2026 están permitiendo comprobar sobre el terreno el impacto del fuego y, al mismo tiempo, recordar hasta qué punto nuestro patrimonio industrial es frágil. Entre los lugares que hemos visitado se encuentran los restos de la antigua fundición Carmen de Bédar, en El Pinar de Bédar. Milagrosamente, el conjunto se ha salvado de las llamas, aunque el incendio pasó bastante cerca. Una vez más, la fortuna ha jugado a favor de unos restos que constituyen uno de los testimonios más interesantes de la actividad minera y metalúrgica de Bédar en el siglo XIX.

Arriba: reconstrucción artística de la fundición Carmen de Bédar en su época de actividad, con los hornos de reverbero, el sistema de lavado de mineral y las distintas instalaciones que formaban este antiguo establecimiento metalúrgico. Ilustración de Juan Antonio Soler Jódar.

La fundición aparece documentada en 1845, cuando fue registrada como Oficina de Beneficio o fábrica de fundición con el nombre de Carmen de Bédar. Ese mismo año produjo al menos 805 quintales de plomo en barras, una cifra que permite hacerse una idea de la actividad que llegó a concentrarse en este pequeño establecimiento. El plomo obtenido no se trasladaba directamente a la costa, sino a la fundición de San Ramón, mejor situada para su posterior embarque. La distancia y el coste del transporte condicionaron, de hecho, tanto el funcionamiento de Carmen de Bédar como las propias características de sus instalaciones.

Arriba: estado actual de los restos de la fundición, milagrosamente preservados de las llamas, aunque el fuego pasó muy cerca del conjunto.

Arriba: fotografía que muestra lo cerca que llegaron las llamas de este importante elemento del patrimonio industrial de Bédar.

La Carmen de Bédar no era únicamente una fundición. Disponía también de un lavadero de mineral, del que todavía quedan diversos vestigios: balsas, conducciones de agua, muros, fragmentos de cribas e incluso parte de una bomba. En la zona principal se conservan los hogares de tres cámaras abovedadas, probablemente correspondientes a hornos de reverbero utilizados para la fundición del plomo. Estos espacios fueron reutilizados posteriormente como viviendas para los mineros, una muestra de cómo las antiguas instalaciones industriales se adaptaban a las necesidades de quienes trabajaban y vivían en torno a la minería.

Uno de los elementos más singulares es una estructura prismática de unos diez metros de altura, decorada con arcos y con una abertura en su parte inferior. Todo apunta a que se trataba de un horno de cuba, posiblemente destinado al tratamiento de las escorias ricas producidas por los hornos de reverbero. Su configuración permitía cargarlo desde la parte superior, siguiendo modelos de tradición inglesa que tuvieron una importante presencia en las fundiciones del sureste peninsular. Junto a los hornos y al sistema de lavado, estos restos permiten imaginar cómo funcionaba un establecimiento metalúrgico de mediados del siglo XIX.

Arriba: estado actual de la última chimenea de Bédar, la de la fundición Carmen. Su deterioro hace necesaria una intervención de emergencia que permita asegurarla y evitar su colapso. Llevamos muchos años reclamando su protección, sin que hasta ahora se haya actuado. Esperamos que la historia no se repita y que no tengamos que lamentar con la chimenea de Carmen lo mismo que sucedió recientemente con el último castillete minero de Bédar, el del pozo P de Mahoma.

También resulta especialmente interesante la pequeña galería de condensación, asociada a la chimenea, que conserva unas dimensiones sorprendentes por lo reducidas: apenas 27 metros de longitud y una sección aproximada de 0,72 por 1 metro. No permitía la entrada de operarios para recuperar los humos condensados. Su pequeño tamaño pudo responder a la necesidad de reducir el consumo de combustible en una instalación alejada de la costa y sometida a elevados costes de transporte. Era una solución que permitía optimizar el tiro y ahorrar combustible, aunque a costa de perder parte del plomo contenido en los humos.

La historia de la fundición también refleja la compleja realidad empresarial de la minería de aquellos años. En agosto de 1845 se constituyó la Sociedad del Boliche de fundición titulada Carmen de Bédar, con doce acciones repartidas entre distintos propietarios e inversores. La sociedad estableció acuerdos con los dueños de varias minas cercanas para garantizar el suministro de mineral. Sin embargo, pocos meses después comenzó una rápida compraventa de participaciones y una espectacular depreciación de las acciones, que pasaron de valorarse en torno a 1.400 reales a venderse por cantidades muy inferiores. Tras estos documentos notariales se esconde la historia económica de un sector sometido a grandes riesgos, pero también la de las personas que intentaron convertir el mineral de las sierras de Bédar en riqueza industrial.

Arriba: tres fotografías que muestran, sin paliativos, la magnitud de la devastación causada por el incendio y la destrucción de buena parte de los pinares de la zona.

Hoy, casi dos siglos después, Carmen de Bédar ha vuelto a enfrentarse a una amenaza. El incendio de julio de 2026 pasó muy cerca de sus restos, pero, afortunadamente, las llamas no consiguieron destruirlos. Es una suerte extraordinaria, aunque no podemos confiar siempre en la fortuna. La visita ha servido también para poner de manifiesto la necesidad de actuar sobre un elemento especialmente vulnerable: la chimenea de la fundición. Su estado requiere una evaluación y, sobre todo, una intervención que garantice su estabilidad antes de que pueda desplomarse. Si la perdemos, desaparecerá una pieza fundamental de este paisaje industrial y será mucho más difícil comprender sobre el terreno cómo funcionaba la antigua fundición. El incendio nos ha dejado una advertencia clara: proteger el patrimonio no consiste únicamente en lamentar su pérdida cuando ya se ha producido. Carmen de Bédar se ha salvado de las llamas; ahora tenemos la responsabilidad de evitar que termine cayendo por abandono.

Atlas ilustrado de las fundiciones del Levante almeriense (ss. XIX-XX): Historia y rutas turísticas.

Todo lo referente a la fundición Carmen de Bédar se recoge en esta obra, que tendremos ocasión de presentar y comentar el próximo 13 de agosto, a las 20:30 h, en la Pérgola de Vera. Una buena oportunidad para conocer mejor la historia de este y otros elementos de nuestro patrimonio minero.

Incendio de Bédar: el barranco del Servalico, entre las cenizas y la memoria minera

La reciente visita al barranco del Servalico y a la antigua mina Pobreza deja una impresión difícil de olvidar. El incendio ha arrasado por completo este paraje, transformando un paisaje que hasta hace poco estaba cubierto por pinares y matorral mediterráneo en una extensión de terreno ennegrecido. La violencia del fuego no solo ha afectado al medio natural, sino también a varias viviendas de la zona, recordándonos que este tipo de catástrofes tiene consecuencias tanto ambientales como humanas.

Arriba: el poste indicador, derribado y calcinado por el incendio, se ha convertido en un triste símbolo de la tragedia que ha asolado el barranco del Servalico.

Arriba: indicador de la Ruta de la Minería parcialmente calcinado por el incendio.

Paradójicamente, la desaparición de la cubierta vegetal ha dejado al descubierto numerosos restos del patrimonio minero que durante décadas permanecían ocultos entre la maleza. Hoy es posible recorrer con facilidad las ruinas de la mina Pobreza y contemplar elementos que hasta hace poco apenas eran visibles. Destacan especialmente las antiguas bocaminas de San José y San Diego, así como las tolvas del antiguo cable aéreo minero que transportaba el mineral hasta El Pinar de Bédar, vestigios de una intensa actividad minera que marcó profundamente la historia del municipio.

Arriba: las arboledas calcinadas son lo que queda tras el devastador paso del incendio.

Arriba: una de las casas alcanzadas por el incendio, testimonio de los daños causados más allá del medio natural.

Entre las imágenes más representativas del desastre se encuentra el poste indicador de direcciones, derribado por el incendio, con el mástil completamente quemado y los indicadores de la ruta reducidos a estructuras calcinadas. Se ha convertido, de forma involuntaria, en un símbolo de la devastación sufrida por el barranco del Servalico y de la fragilidad tanto del patrimonio natural como del histórico frente a este tipo de episodios.

Arriba: bocamina de la galería San José.

Arriba: bocamina de la galería San Diego.

Arriba; ruinas del edificio de la fragua de la mina Pobreza.

Arriba: tolvas de mampostería de la estación de carga del cable aéreo minero de la mina Pobreza.

Arriba: aljibe de la mina Pobreza.

Cuando la naturaleza comience a recuperarse, la vegetación volverá a cubrir progresivamente estas antiguas explotaciones mineras. Sin embargo, esta visita también invita a reflexionar sobre la necesidad de actuar para conservar y proteger este legado. No basta con dejar que el tiempo siga su curso y confiar en que el monte oculte nuevamente estos restos. La recuperación del entorno natural debe ir acompañada de medidas destinadas a documentar, consolidar y poner en valor el patrimonio minero, de manera que ambos, naturaleza e historia, puedan coexistir y preservarse para las generaciones futuras.

El incendio de Bédar: Tres Amigos y La Cuadra, el fuego deja al descubierto un patrimonio olvidado

Hoy hemos recorrido las zonas de Tres Amigos y La Cuadra para evaluar sobre el terreno los efectos del incendio. El panorama difícilmente podría ser más desolador. Toda la masa arbórea de este sector ha resultado gravemente afectada, transformando por completo un paisaje que durante décadas había recuperado parte de su cubierta vegetal.

Las ruinas de la mina La Cuadra han sufrido de lleno el impacto del fuego. La desaparición de la vegetación permite distinguir con claridad las estructuras donde estuvieron instalados los compresores y otras dependencias auxiliares de esta explotación de hierro, perteneciente a la concesión minera de la antigua Pobreza. Entre los restos aparecen también pequeños testimonios de la vida cotidiana de quienes trabajaron en ella: un depósito de latas oxidadas y varias botellas antiguas, entre ellas alguna de cerveza Cruz Blanca, una marca desaparecida en 1979. Objetos humildes, pero cargados de valor histórico, que permanecían ocultos bajo la maleza y que constituyen auténticas reliquias del pasado minero de Bédar.

Arriba: el cráneo ennegrecido de una cabra emerge entre las cenizas como un sobrecogedor símbolo de la devastación provocada por el incendio.

Las arboledas de La Cuadra han sido completamente arrasadas. La recuperación forestal de este importante espacio verde deberá convertirse, sin duda, en una de las prioridades de las futuras actuaciones, si realmente existe voluntad de restaurar un entorno de enorme valor ambiental e histórico.

El fuego llegó incluso a las inmediaciones del cargadero de Tres Amigos. Afortunadamente, el panel informativo de la Ruta Minera se ha salvado de las llamas. También han quedado al descubierto los restos del antiguo almacén de Sintas y Plá, desde donde los mineros de Bédar se abastecían de herramientas, efectos y comestibles, un lugar estrechamente ligado a la historia cotidiana de las explotaciones.

Arriba: tres fotografías que muestran el aspecto desolador del pinar de La Cuadra tras el paso del fuego, que ha destruido por completo la masa forestal.

Arriba: restos del antiguo almacén de efectos de Sintas y Plá, gravemente afectados por el incendio, que ha dejado al descubierto las ruinas de este histórico edificio.

Arriba: el incendio ha dejado al descubierto un pequeño depósito de residuos de los últimos años de explotación de la mina La Cuadra, a comienzos de la década de 1970. Entre las cenizas reaparecen fragmentos de la vida cotidiana de aquellos mineros: cántaros rotos, latas de conserva, botellas de licor y de cerveza Cruz Blanca, así como alpargatas con suelas de neumáticos reciclados, testigos silenciosos de una época ya desaparecida.

Arriba: el panel de la Ruta de las Minas ha sobrevivido al incendio. Sería un buen momento para corregir la fotografía que identifica erróneamente una «torre del cable», ya que en realidad corresponde al castillete del pozo P de la mina Mahoma, que se desplomó hace apenas unas semanas como consecuencia de décadas de abandono.

La zona del polvorín y de la tolva-embudo tampoco ha escapado al incendio. Paradójicamente, este último elemento, una de las construcciones más singulares y valiosas del patrimonio minero bedarense, aparece ahora despojado de la vegetación que durante años ha ido ocultándolo y deteriorándolo. La desaparición de esa cubierta vegetal permite contemplar nuevamente la extraordinaria fábrica de mampostería de la tolva en toda su magnitud.

Del mismo modo, hoy pueden apreciarse como hacía décadas que no era posible la trinchera de salida del ferrocarril situada bajo la tolva y las ruinas de las instalaciones del cable aéreo minero de Cuatro Amigos.

Arriba: el paraje que integran la tolva-embudo, la mina Unión de Tres Amigos y la estación del cable aéreo de Cuatro Amigos presenta un aspecto desolador tras el paso del incendio, que ha devastado por completo la vegetación.

La situación resulta profundamente irónica. Durante años se ha insistido en la necesidad de eliminar de forma controlada la vegetación que amenazaba estos restos históricos, sin que se adoptara medida alguna. Finalmente, ha sido un incendio devastador el que, de la peor manera imaginable, ha realizado ese trabajo. Es difícil no preguntarse cuántos daños podrían haberse evitado mediante una mínima política de conservación y prevención. Mucho nos tememos que, una vez apagado el incendio y desaparecida la atención mediática, el patrimonio minero continúe sumido en el mismo abandono institucional que ha padecido durante décadas.

Arriba: trinchera por la que discurría el ferrocarril en dirección al túnel inferior de la tolva-embudo. Este espacio cumplía una doble función: por el andén izquierdo se cargaba el mineral procedente de la mina Unión de Tres Amigos, mientras que por el lado derecho se realizaba la descarga del mineral de hierro transportado por el cable aéreo desde la mina Cuatro Amigos, situada en el paraje del Curato.

Arriba: edificio de máquinas de la estación de descarga del cable aéreo minero de la mina Cuatro Amigos. Aunque el incendio ha ennegrecido sus muros, la estructura permanece, por el momento, prácticamente intacta.

La desaparición de la vegetación en la cercana mina de Unión de Tres Amigos, que da nombre al paraje, permite acceder nuevamente a sus pozos y planos inclinados. Aunque parcialmente colmatados y afectados por derrumbes, siguen siendo estructuras peligrosas, cuya exposición vuelve a poner de manifiesto la ausencia de medidas de protección y señalización en un enclave de extraordinario interés histórico.

Arriba: irónicamente, ha sido el incendio el que ha liberado de la vegetación a la tolva-embudo, permitiendo contemplar de nuevo, en todo su esplendor, esta excepcional obra de ingeniería minera. Con más de 20 metros de diámetro y otros tantos de profundidad, desde su base se cargaban los vagones del ferrocarril mediante una única compuerta. Un trabajo de limpieza que debió haberse realizado hace años mediante una adecuada política de conservación, y no como consecuencia de una catástrofe.

Pocas notas positivas pueden extraerse de una jornada como la de hoy. Aun así, hemos podido observar varias cabras refugiadas en las escasas zonas que conservan algo de vegetación, así como algunos conejos que han logrado sobrevivir al incendio. Son pequeñas señales de esperanza que recuerdan la enorme capacidad de recuperación de la naturaleza. El monte volverá a renacer con el tiempo. Lo que no debería repetirse es la combinación de abandono, falta de gestión y ausencia de prevención que ha contribuido a que un paisaje de tan alto valor ambiental y patrimonial haya sufrido una destrucción de esta magnitud.

Crónica de una pérdida anunciada: el incendio que arrasó la Ruta de las Minas de Bédar

Esta primera jornada de evaluación de primera mano del alcance de los daños en el patrimonio minero ha sido especialmente triste. Recorrer los terrenos de Serena y Los Pinos, una de las zonas más afectadas tras el reciente incendio en Bédar, ha sido una experiencia difícil de olvidar. Allí donde hace apenas unas semanas predominaban el verde, la vida y el silencio propio del campo, ahora se extiende un paisaje cubierto por cenizas, troncos ennegrecidos y un suelo que todavía conserva las huellas del fuego. La magnitud del incendio se aprecia en cada paso, recordándonos la enorme fragilidad de nuestros espacios naturales frente a este tipo de catástrofes.

Arriba, estado desolador de la zona de Serena-Los Pinos, en el barranco de la Hoya.

Aun así, también pudimos observar pequeños signos de esperanza: algunos árboles que resistieron, la presencia de fauna que comienza a regresar y la certeza de que, con el paso del tiempo y una adecuada gestión del entorno, la recuperación será posible. La naturaleza posee una extraordinaria capacidad de regeneración, pero no debemos dar por hecho que siempre podrá hacerlo sin nuestra ayuda.

Arriba, el barranco Baeza, uno de los puntos más importantes por los que trascurre la ruta de la minería de Bédar, completamente arrasado por el fuego.

Arriba, núcleo urbano de Serena, una isla de verde en un entorno completamente arrasado.

El impacto sobre el patrimonio está todavía por completar. En la fotografía superior vemos como el fuego ha afectado a la chimenea de ventilación de uno de los pozos de las minas de Serena.

Esta devastadora imagen debe servirnos también como una llamada de atención. No basta con lamentar las consecuencias cuando el daño ya está hecho; es imprescindible replantear la forma en que protegemos y gestionamos nuestro medio natural. La prevención de incendios, el mantenimiento de los montes, la recuperación de los usos tradicionales del territorio y un mayor compromiso colectivo con la conservación son medidas que no pueden seguir esperando. De lo contrario, corremos el riesgo de que tragedias como la vivida en Bédar dejen de ser acontecimientos excepcionales para convertirse en una realidad cada vez más frecuente. El futuro de nuestro patrimonio natural y cultural dependerá, en gran medida, de las decisiones que tomemos hoy.

El incendio ha golpeado de lleno todo el recorrido de la Ruta de las Minas de Bédar. Los parajes que daban sentido a este itinerario, donde naturaleza e historia convivían en un equilibrio único, presentan ahora un aspecto desolador. El fuego no solo ha arrasado la vegetación; también ha herido profundamente un paisaje cultural que durante más de un siglo ha conservado las huellas de la actividad minera y de las personas que forjaron la historia de la sierra.

Las tres fotografías superiores muestran los restos del castillete minero del pozo P tras su derrumbe. Su colapso no fue consecuencia del incendio: se produjo unas semanas antes del devastador fuego que ha arrasado la sierra, como resultado de décadas de abandono y de la falta de actuaciones destinadas a conservar un elemento patrimonial de incalculable valor. Con él desapareció, en medio de una preocupante indiferencia, uno de los símbolos más emblemáticos de la Ruta de las Minas de Bédar y el último castillete minero que permanecía en pie en la sierra.

Como triste precedente, y casi como una funesta premonición, el antiguo castillete minero del pozo P de la mina Mahoma, en Serena, había colapsado apenas unas semanas antes del devastador incendio. Aquel era el último castillete minero que permanecía en pie en la Sierra de Bédar. Tras más de un siglo resistiendo el paso del tiempo, terminó sucumbiendo al abandono, a la ausencia de proyectos de restauración y mantenimiento y, en definitiva, a la indiferencia colectiva hacia un patrimonio único e irrepetible. Su derrumbe fue una pérdida irreparable que, vista con la perspectiva de lo ocurrido después, adquiere un doloroso significado simbólico.

De este castillete ya solo quedarán el recuerdo, las fotografías y las investigaciones que durante años permitieron documentarlo. Se conservan incluso sus planos originales, testimonio de una estructura que presidió uno de los pozos de extracción de la mina Mahoma de Serena y que constituyó una de las obras más representativas del patrimonio minero de la Sierra de Bédar. Las imágenes superiores muestran su estado antes del derrumbe, una copia de los planos de principios del siglo XX y una reconstrucción artística de su aspecto cuando se encontraba en funcionamiento, junto a los edificios auxiliares que albergaban la máquina de extracción y los almacenes. Fue uno de los elementos patrimoniales más emblemáticos y mejor conocidos de la sierra, un símbolo indiscutible de la Ruta de las Minas de Bédar, perdido para siempre por la falta de conservación..

Hoy, tras un incendio que ha costado muchas, demasiadas vidas humanas, la lección resulta imposible de ignorar. No podemos permitirnos seguir perdiendo, por desidia o por falta de previsión, ni nuestro patrimonio natural ni nuestro patrimonio histórico. Ambos forman parte de una misma herencia, un legado que tenemos la obligación moral de conservar y transmitir a las generaciones que nos sucederán. Cuando dejamos que un bosque desaparezca o que un monumento histórico se derrumbe por abandono, no solo estamos perdiendo parte de nuestro pasado: estamos privando a nuestros hijos y nietos de conocerlo y disfrutarlo. Esta falta de planificación, conservación y protección no puede seguir considerándose una fatalidad inevitable; constituye una incompetencia intolerable que exige un compromiso firme y decidido por parte de toda la sociedad y de las administraciones responsables.

Cuando el humo se disipe…

El incendio que ha afectado a Los Gallardos, Bédar y otros municipios ya está controlado. Es el momento de acordarse, ante todo, de quienes han sufrido las peores consecuencias. Desde este espacio queremos expresar nuestras más sinceras condolencias a las familias de las víctimas mortales y enviar todo nuestro apoyo a las personas afectadas, especialmente a quienes han perdido sus hogares o han visto su vida alterada por esta tragedia. Ojalá puedan recuperar la normalidad lo antes posible.

Dentro de unos días, los medios de comunicación pondrán su atención en otra noticia. Las cámaras y reporteros desaparecerán y el silencio volverá a nuestras sierras. Pero nosotros seguiremos aquí, contemplando un paisaje profundamente herido.

Nos quedará un monte arrasado, precisamente uno de los grandes atractivos naturales de nuestro municipio. Nos quedará también la incertidumbre sobre el estado de nuestro patrimonio minero e histórico, cuya conservación nos preocupa enormemente, aunque hoy la prioridad indiscutible sean las personas y sus pérdidas.

Y nos quedará algo menos visible: la imagen que este desastre proyectará hacia el exterior, una reputación que tardará tiempo en recuperarse.

Quizá, cuando llegue el momento de reconstruir, también debamos preguntarnos qué futuro queremos para nuestro pueblo. Si no ha llegado la hora de valorar de verdad nuestros recursos naturales, históricos y culturales como una parte esencial de nuestro desarrollo. Porque recuperar la sierra llevará muchos años, pero la forma en que decidamos cuidar nuestro territorio y nuestro patrimonio depende de nosotros desde hoy.

Ojalá esta tragedia marque también el comienzo de una reflexión colectiva sobre el pueblo que queremos dejar a las próximas generaciones.

La sierra que amamos, devastada por el fuego

Aún no hemos salido del shock provocado por la tragedia que está viviendo nuestra sierra. En estos momentos no cabe otra valoración que no sea la de confiar en que el incendio pueda ser controlado cuanto antes, que se localice a las personas desaparecidas y que se preste toda la ayuda posible a quienes han resultado damnificados. Lo primero son las víctimas, sus familias y todas aquellas personas que, además del sufrimiento y la incertidumbre, ni siquiera saben todavía si conservan sus hogares o sus propiedades. Queremos expresar nuestro más sincero agradecimiento a los servicios de extinción de incendios, a los cuerpos de seguridad, a los equipos de emergencias, a los voluntarios, a los profesionales de la información y a los ayuntamientos que han habilitado espacios de acogida y han prestado apoyo a quienes lo necesitaban. Gracias a todos los que, de una u otra forma, están ayudando en estos momentos tan difíciles.

Como blog dedicado al estudio, la divulgación y la defensa del patrimonio, especialmente del patrimonio minero, vivimos también estos días con una enorme tristeza. Nos duele profundamente el inmenso daño causado a nuestro patrimonio natural, a la flora y la fauna que forman parte inseparable de la identidad de esta sierra, pero también nos preocupa el patrimonio histórico y cultural que ha quedado amenazado por las llamas. La imagen que acompaña estas líneas, con el fuego avanzando peligrosamente cerca del histórico Palacete de los Chávarri, en Bédar, refleja la angustia que hemos sentido durante estas interminables horas.

Sabemos que, cuando llegue el momento, habrá que evaluar los daños y trabajar para recuperar todo aquello que sea posible. Será un camino largo y difícil, pero queremos dejar claro desde hoy nuestro compromiso de no dejar de trabajar por la recuperación de nuestra querida sierra, de su patrimonio natural, histórico e industrial, porque constituye una parte irremplazable de nuestra memoria colectiva y de nuestra identidad.

Hoy, sin embargo, es tiempo de solidaridad, de respeto y de esperanza. Esperanza en que el incendio quede definitivamente controlado, en que no haya que lamentar más pérdidas y en que todas las administraciones competentes pongan los medios necesarios para que una tragedia como esta no vuelva a repetirse. Ese es el mejor homenaje que podemos hacer a quienes están sufriendo y la mejor forma de honrar y proteger el extraordinario legado que todos tenemos la responsabilidad de conservar.