El Pinar de Bédar: la mina Águila

Volvemos a ver hoy una de las centenares de minas poco conocidas de Bédar, la mina Águila, ubicada en El Pinar de Bédar. Como de costumbre, se trata de una mina muy poco conocida, pero con una cierta importancia en la historia minera del municipio por una serie de razones que no vamos a tratar aquí en profundidad, ya que pronto nuestro amigo José Berruezo publicará pronto un artículo, fruto de una concienzuda investigación al respecto de la oscura época minera que se desarrolló entre los años 1850 y 1860.

 

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En general, la mina Águila nos lleva al casi desconocido tema de la participación local en la minería. Aunque los trabajos mineros estuvieron copadas por empresas extranjeras, los vecinos de Bédar no se limitaron a ser simples espectadores o trabajadores en ellas, hubo muchas iniciativas, algunas de las cuales merecen un capítulo propio en la historia minera de la localidad.

Esta mina es el centro precisamente de uno de estos proyectos, cuyas consecuencias podremos conocer con detalle gracias al trabajo de José Berruezo. El promotor no fue otro que Antonio Bolea Rodríguez, el padre del conocido y estimado médico bedarense Antonio Bolea García. Pocos sospechan de la intensa actividad minera de esta familia, en especial en las minas de plomo de El Pinar de Bédar. Fallecido en 1902 a los 80 años, Antonio Bolea Rodríguez fue una persona muy respetada en el pueblo, habiendo sido también secretario del Ayuntamiento, y del que sospechamos que tuvo un papel importante, aunque todavía no está claro, en el famoso motín de 1850.

 

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Los restos en esta pequeña mina no se diferencian demasiado de las similares del mismo periodo, aunque los trabajos son de cierta importancia si tenemos en cuenta los medios precarios que se utilizaron para su explotación, en busca de las finas vetas de galena que caracterizan estos criaderos. A parte de las características galerías de poca profundidad, destaca una hoya o explotación a cielo abierto de ciertas dimensiones.

 

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Crónicas de Bédar: hacia la Mojácar de los 90

Era 1988, el desarrollo turístico en el levante estaba en su máximo apogeo y en Bédar comenzaban a instalarse una serie de artistas extranjeros e ingleses, por lo general. La minería no era más que un mal recuerdo que había que superar, fuera como fuese. El turismo llegaba y Bédar no podía quedarse al margen. La apuesta era fuerte, ni más ni menos que llegar a ser la Mojácar de los años 90.

Los precios parecen hoy casi de risa, entre 800 y 1000 pesetas el metro cuadrado de terreno urbano, y 300 el de suelo rústico. La apuesta estaba clara, era el modelo de Mojácar, grandes urbanizaciones, hoteles y, por qué no, un campo de golf. Esa era la idea y fue en especial la urbanización de El Pinar la pionera, empezando a crecer de forma vertiginosa, donde la cantidad de casas previstas, en cifras de miles, daban literalmente vértigo. Y eso sería solo el comienzo de lo que se quería hacer.

Esa fue la tónica de los años 90, el modelo que se preseguía. Pero como todos saben, nunca se llegó, ni de lejos, a acercarse a ser una nueva Mojácar. Faltaba quizás lo más importante: la playa.  La puntilla para todo el proyecto fue la crisis de la construcción en 2007. Vuelta a la casilla de salida.

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Pero es adaptarse o desaparecer. Casi 30 años después, el mismo periódico publica otra noticia (un artículo de opinón, en realidad) que, curiosamente apunta a todo lo contrario de la publicada en 1988. Ahora la ventaja es ser pequeños. Un pueblo con la mitad de su población formada por extranjeros, de edades avanzadas, que lucha por tener un futuro, necesitada de un tejido empresarial y económico que ayude a retener la población y, por qué no, atraer a nuevos habitantes.

 

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Y es en este punto que Bédar mira de nuevo a su patrimonio natural, histórico y minero. Un pasado deliberadamente olvidado cuando el objetivo era ser la Mojácar del interior, ahora se ve como la posible tabla de salvación, la posibilidad de competir con la playa y el turismo de masas, de demostrar que no todo son ruidosos festivales, playas, chiringitos y bocadillos envueltos en papel de plata con una coca-cola.

No, se acabó de ser la Mojácar del interior. Bédar no puede acabar sepultada bajo un crecimiento urbanístico incontrolado que desdibuje todas sus señas de identidad. Bédar ha de ser simplemente Bédar,  la de la Almería auténtica, una Almería que en Bédar se ha conservado como ningún otro pueblo del levante, con su inmenso patrimonio natural y, sobre todo, minero. Llegará un día en que todo visitante de Almería no dejará de ir a visitar las minas de Bédar, de pasear por sus huertas moriscas plagadas de restos del pasado o disfrutar, simplemente, de la autenticidad de la Almería de antes. Solo hay que creérselo.